La lucha de Manos Unidas contra el hambre en el mundo

El viernes pasado celebrábamos el Día del ayuno voluntario, como solidaridad con todos cuantos en el mundo pasan hambre.

Manos Unidas nos invita a ser conscientes de la gran desigualdad vital de quienes compartimos mundo, a pesar de que todos tenemos la misma piel, un corazón que late y somos imagen del mismo Dios.

Todos decimos que reconocemos la igual dignidad de todos los seres humanos; pero realmente no es así: ochocientos millones de personas ven gravemente vulnerada esa dignidad por las deplorables condiciones de vida a causa de su pobreza.

Jesús nos enseña: haz el bien a tu prójimo defendiendo la vida siempre. Hemos de cuidar la vida propia y la de nuestros semejantes. Un modo concreto puede ser: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, visitar al enfermo, crear trabajo, etc.

La solidaridad es una exigencia de nuestra dignidad humana compartida y el deber de que cada ser humano, según sus circunstancias, sea y se sienta responsable de todos los demás. Por solidaridad, cada cual debe asumir las causas del otro, haciéndolas causas propias.

La responsabilidad de cuidarnos los unos a los otros tiene implicaciones tanto entre nosotros y las comunidades deprimidas lejanas, como entre las propias comunidades entre sí. Supone anteponer el «nosotros» frente a una lógica miope del interés privado; renunciar personalmente o sacrificarnos por el bien colectivo y poner a disposición de los demás los recursos necesarios para mejorar las condiciones de vida de las comunidades más desfavorecidas.

Es hora de comprometerse en la construcción de un mundo donde nadie se quede atrás y el hambre se convierta en un triste recuerdo del pasado.

Manos Unidas, este año, quiere hacernos conscientes y que seamos responsables frente al cambio climático, que afecta de una manera especial a las personas que no tienen recursos suficientes para luchar contra el cambio climático y sus consecuencias.

No podemos olvidar que existe una íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta. Son inseparables la preocupación por la naturaleza y la justicia con los empobrecidos.

El ser humano actual, tantas veces, parece no percibir otros significados de su ambiente natural que aquellos que sirven a los fines de un uso inmediato y de consumo. Es voluntad del Creador que el hombre tenga el contacto con la naturaleza como dueño y custodio inteligente y noble, pero no como explotador y destructor sin reparos, como decía san Juan Pablo II.

Muchos de los problemas ambientales tiene su causa en la actividad humana porque, en este sistema económico actual en que estamos viviendo, prima la especulación y la búsqueda de la renta financiera sobre la dignidad humana y el cuidado de la casa común, que afectan más a los países pobres. El daño del planeta está relacionado, sobre todo, con la actividad económica de los países desarrollados, pero los impactos y las consecuencias los sufren los pueblos vulnerables del Sur, que tienen en la tierra su modo de vida y que no han participado en la creación del problema.

Hemos de tomar conciencia de la necesidad del cuidado del planeta porque los cambios climáticos tienen unas consecuencias terribles en todos, pero los sufren de una forma especial y mucho más intensa los que menos tienen porque no tienen recursos para luchar contra las consecuencias del mismo.

Que esta llamada que Manos Unidas nos hace en este año nos ayude a todos a tomar conciencia de que hemos de cuidar mucho más la casa común porque, haciéndolo, estamos contribuyendo a que los países más pobres que viven de la tierra no sufran la repercusión que tiene sobre ellos.

La lucha contra el hambre en el mundo no es solo contra el hambre de pan, sino en contra de todo aquello que hace más pobres a los pobres y los priva de que puedan tener lo suficiente para vivir dignamente.

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