Cómo llevar a Cristo a Zimbabue con un poco de leche y galletas 

Según la Memoria de Actividades de OMP, España es el país del mundo que más misioneros aporta. El extremeño Serafín Suárez es uno de ellos

El sacerdote extremeño Serafín Suárez pasó hace treinta años de Valencia de Alcántara (Cáceres) a ser misionero en Zimbabue. «Solo recuerdo una vez que haya pensado en dejarlo: fue al principio y porque no hablaba las lenguas locales, que hasta los niños se reían de mí», asegura. 

Tras dos años de duro aprendizaje —«ahí es cuando ves claramente que debes morir a ti para renacer como uno de ellos»—, comenzó a desarrollar verdaderamente la labor que la Iglesia le había confiado. Veintiocho años después, ahora en España, pone «cara, nombre y apellidos, y contar la realidad viva tras los números» durante la presentación de la Memoria de Actividades de OMP en 2023. Porque «las misiones son la cara bonita de la Iglesia, pero en realidad son como un bello tapiz, que es imposible sin los nudos y cuerdas de la parte trasera».

Con respecto a los homólogos del padre Serafín, el informe deja una noticia buena y otra más incierta: mientras que España ocupa el primer lugar mundial en envío de misioneros —9.932 en total, 6.042 actualmente en el extranjero—, la edad media de estos es ya de 75 años. En cuanto a la recaudación, las jornadas del Domund, Infancia Misionera y Vocaciones Nativas de 2022 consiguieron 13 millones de euros en nuestro país, que OMP envió al Vaticano en 2023 para ayudar a la labor del Papa en los 1.123 territorios de misión. España ocupa la segunda posición mundial en cuanto a ayudas económicas, solo por detrás de Estados Unidos.

Esta generosidad fue fundamental para que el padre Serafín pudiese sobrevivir en África, pues «el misionero siempre tiene que ir con las dos manos abiertas: en una, llevar la Palabra de Dios y, en la otra, el pan nuestro de cada día. Ambas se complementan». Así, recuerda el caso de una familia que estaba a punto de morir de hambre y a la que llevó, de urgencia, unos paquetes de galletas y leche. «A los pocos días, vino la madre a decirme que se quería bautizar, y yo le respondí que tranquila, que esto no va así. Pero ella insistía, hasta que acabó diciéndome: “Padre, he visto a Dios en esos paquetes de galletas y leche, y he visto que, pese a nuestra pobreza, él se sigue preocupando por nosotros”. No me queda más remedio que transmitir lo que he vivido. El pan y la Palabra son complementarios, y la gente aprecia especialmente lo que le das cuando van juntos», explica.  

Como administrador de su diócesis africana, puso en marcha iniciativas parecidas a esos 879 proyectos que OMP financió el año pasado. «Con el dinero enviado, por ejemplo, pudimos dar acceso a los edificios a las personas con discapacidad, ayudar a una casa y una escuela de huérfanos con 23 niños, cambiar el tejado de uralita de una residencia de ancianos, mantener el coche… Porque no es raro el día que te llaman de madrugada porque hay un joven con malaria cerebral, para llevarlo de urgencia a un hospital a 400 kilómetros. Y, a mitad de camino, pedirte que pares, porque ha muerto, y preguntarte a qué hora es el funeral», sentencia. 

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